El 29 de abril pasó sin pena ni gloria en el Estado plurinacional, constatando que toda la maquinaria de propaganda política emprendida por el régimen tiene carácter efímero y apunta a un gatopardismo asfixiante e intolerable.
El denominado “día de la reivindicación
marítima” fue un globo de ensayo, costoso y lleno de parafernalia lanzado hace
un año como una impostura del régimen para tratar de minimizar o crear un
paralelo al Día del Mar e implantar en el país otra figura, otra fecha, otro
dato inventado y sin sustento histórico, todo con el fin de imponer línea
política a las nuevas generaciones.
La población, empero, un año después, no
dio mayor relevancia a esta fecha y desarrolló sus actividades con total
normalidad. Sin embargo, no contentos con el resultado, las autoridades sacaron
un feriado de la manga, en vísperas del Día del Trabajador con el objetivo de
desactivar o por lo menos debilitar las crecientes movilizaciones sociales en
un intento que tampoco resultó.
A partir de ese ejemplo se puede afirmar
que los cambios que sufrió el país en estos seis años de administración sólo denotan
un ensayo partidario de modificar las estructuras simbólicas de Bolivia sin
medir impactos ni sensibilidades. Así, el régimen cambió la República por el
Estado plurinacional; la Corte Nacional Electoral por Tribunal Supremo
Electoral; el Congreso Nacional por Asamblea Legislativa; los poderes del
Estado por órganos del Estado, entre otros ejemplos que más allá de la novedosa
nomenclatura no llevan a la superación cualitativa de estos estamentos.
Así, las elecciones democráticas siguen
siendo administradas por un ente centralizado; los honorables legisladores
mantienen las funciones elaborando y aprobando leyes; el Ejecutivo aún administra
y define las políticas públicas, etc. Es decir, cambiar todo para que nada
cambie.
Cantar el himno o juramentar con el puño izquierdo en alto; fusionar la sagrada
Tricolor con la whipala o declarar como fecha “patria” el 22 de enero ya son
excesos, que afectan la sensibilidad de un país que ha elegido la unidad en la
diversidad antes que la fragmentación social o la macabra dialéctica de enfrentar
a quienes están a favor y los que están en contra del bautizado “proceso de
cambio”.
Con las características caudillistas del
actual régimen y el agregado del desgaste acelerado que se evidencia cada día
más allá de la asfixiante propaganda gubernamental, queda para el ciudadano el
augurio confirmado que Bolivia retomará la cordura y dejará atrás esta era
política de transición que representó para la extrema izquierda una pasantía en
el ejercicio del poder.
Sin duda alguna, todo este aparato
político – ideológico será desmontado, tal como sucedió con la ex Unión
Soviética, en corto plazo a partir de la salida de quienes hoy ostentan el
poder hegemónico en el país, dejando en los archivos de las bibliotecas símbolos
risibles como el 29 de abril u otros mayores como el 22 de enero, un símbolo individual,
particular y partidario de un proyecto que ha comenzado a desmoronarse.
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