Biografía agradecida...
Hace 10 años veía con entusiasmo toda la
publicidad por la celebración del centenario de EL DIARIO en el Teatro al Aire
Libre. El show parecía fenomenal y había que seguirlo, no adentro sino en casa
de mi amada viendo algún canal que transmitía el festival. Llegaba Ana Bárbara,
que estaba en auge y los celos (platónicos, graciosos) eran
"evidentes".
La Guía era el suplemento estrella y los
domingos debíamos disputarnos la primicia con la “cuñada”. El evento fue un
éxito y los 100 años fueron bien celebrados, decía “El Serrucho”.
Como estudiante y alocado por lo
audiovisual (como todo jovenzuelo) la prensa, el periodismo y el periódico eran
lo último en lo que podía pensar. “¡Qué me voy a tostar en la plaza (Murillo)
todos los días!”…
El trabajo eventual me vio a una cuadra
del “Decano” y para ir a comprar clips y posticks al Full Ofice de la Loayza debía
pasar por su edificio.
Veía a esa empresa informativa como un
monstruo, inalcanzable y gigante. "Algún día estaré ahí”, comencé a pensar.
Pasaron los años, el amor se fue, se
disolvió como el trabajo eventual y con giros y necesidades de la vida llegué a
asumir mi Vocación.
Poco a poco el periodismo se convirtió
en aire, el reconocimiento en el entorno y el barrio alimentaba el ego, pero no
había “pega”.
Al final, me vi entrando al monstruo
para hacerle una gauchada a una amiga de mi mejor amiga de vida. Luego vino la
oportunidad y como buen trabajador decidí tomar el puesto, hacer doble y hasta
triple turno en mis actividades (administrativo, DJ y corrector)… la energía no
acababa, ¡se podía hacer tres cosas a la vez y “santificar el viernes” sin
pestañar!
La dedicación y (nuevamente) la
oportunidad me llevó lejos, estaba en la cabeza (en el torso, en realidad) del
gigante, estaba dentro… ¡era periodista!
Hoy, Ana Bárbara vuelve para “telonear” a
Marco Antonio Soliz y las entradas se venden como pan caliente en el “Decano”
que simultáneamente cumple 110 años. No puedo evitar la asociación de recuerdos
y ver que toda una cadena se ha ligado.
Ahora veo cómo se elabora La Guía, recuerdo
cuando ayudé y fui parte del staff ¿Será que la “cuñada” me reconoció? pregunto
con natural nostalgia.
El cargo, a veces rimbombante, de Editor
de Política sólo es un añadido a las decenas de artículos de opinión, suplementos
especiales y miles de notas redactadas día a día durante cinco años sin pausa.
Pasaron los años y crecí. Como muchos, aprendí
en la “escuela de los periodistas”, sentado donde se sentó Franz Tamayo, donde
comenzó Ana María Romero. Escuché tantas anécdotas privadas (como el
financiamiento del centenario), tantas historias de satisfacción profesional y
drama laboral. Vi pasar a demasiada gente, jóvenes profesionales, uno que otro viejo
mañoso, chicas hermosas y capísimas, mi grata compañera, “pupilos” que
aprendieron junto a mi escritorio… todo un universo de seres y vidas.
Por todos ellos el ego se convirtió en
orgullo, orgullo sano de haber asumido el periodismo como forma de vida. Pasó el
tiempo y es hora de dejar la “escuela” para ir a la “universidad”, como dice el
cliché: “la universidad de la vida”. Ganar un espacio propio, con los riesgos
que implica, pero con la fe ciega en que TODO SE PUEDE.
Gracias, Decano de la Prensa Nacional
por cinco años de cobijo, por abrir las puertas a este anónimo que se puso a la
espalda doble y triple función, con gusto y el mayor profesionalismo posible.
Es tiempo de quemar biografías, es
tiempo de crecer, es tiempo de “escribir la historia de Bolivia” en nuevas
páginas.

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